La discriminación como operación de poder y dominación

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¡No hace falta Donald Trump! ¿Por qué son los mismos mexicanos quienes ejercen practicas de discriminación social hacia otros mexicanos? ¿Qué estamos haciendo?

Estamos en tiempos de migraciones. Más allá de los grandes éxodos que están ocurriendo en Europa por ciudadanos sirios que huyen de la violencia hacia otros países, nosotros podemos comenzar mirando hacia las pequeñas migraciones que ocurren de comunidades rurales hacia la Ciudad de México.

Esta Ciudad de México los discrimina; es decir les hace creer que son inferiores por sus diferencias.

Esta migración no sólo es “de personas”, sino también de formas de ser y de pensar, de comportarse y de actuar. La ciudad, con sus diferentes tipos de relaciones, sus dominios y sus violencias, los absorbe a su llegada. Los somete a otras maneras de pensar, de verse y de auto-percibirse. Esta Ciudad de México los discrimina; es decir les hace creer que son inferiores por sus diferencias.

¿Qué pasa con aquellas personas que son rechazadas por no ser «como los demás»? Se ocultan de los otros y también de sí mismos a través de la adopción de elementos citadino-culturales. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando se va “más allá” en esta lógica de la discriminación? ¿Qué sucede con otras situaciones de migración, por ejemplo, las de mexicanos hacia Estados Unidos? ¿Por qué, del otro lado de la frontera, son los mismos mexicanos quienes ejercen prácticas de discriminación hacia otros mexicanos? ¿Qué está ocurriendo aquí?

Resulta que la lógica de la discriminación y del racismo es una lógica de violencia, de exclusión y, por supuesto, de dominación. Esta lógica es contradictoria y paradigmática. La relación dominador-dominado tiene un gobierno sobre los gustos, sobre los aspectos, los valores y las formas de percepción: propias y hacia los otros; en donde, evidentemente, la peor parte se la llevan los dominados (“los inferiores”, “los diferentes”, “los otros”, “los indígenas”, “los otros mexicanos”, por ejemplo).

El dominador tiene tal poder para imponer estas formas de ser, de verse y de pensar que los diferentes/los discriminados llegan a creer –de verdad- que, por ejemplo: ser güero de ojos azules, es más bello, mejor y superior que ser moreno con ojos negros.

La contradicción se hace más evidente -y más dolorosa- cuando son los discriminados los que adoptan estas mismas prácticas de dominación. Los diferentes no sólo adoptarán el lenguaje, los gustos, las apariencias, la forma de pensar y de ser del dominador, sino también despreciarán y olvidarán sus formas propias además de que impondrán las nuevas a los demás. Esto explica por qué al llegar inmigrantes mexicanos a las ciudades de Estados Unidos, son otros mexicanos (además de los propios locales gringos, por supuesto) los que ponen en prácticas la discriminación y el racismo.

De cierta forma esto es lo que hacen las ciudades. Más allá de ser un lugar, es un mundo de relaciones sociales. Por supuesto, se trata de relaciones de exclusión que se nos imponen en el momento que llegamos, no es que las decidamos nosotros. Además, son relaciones absolutamente violentas, pues te colocan en el lugar del subyugado, en el papel del dominado, del cual no puedes salir. A lo que te enfrentas en la ciudad es a una completa estructura que te traga. Sin embargo, ¿se puede evitar? Si es así ¿cómo?

Un aspecto importante a considerar es que, los sometidos no sólo aceptan la lógica del dominador y se colocan en la parte oprimida de la relación, sino que, además, no elaboran ningún tipo de acción para resistirse a ese vínculo de exclusión. No es fácil, por supuesto. Ocultar y rechazar la propia forma de ser, no es resistencia, sino sólo una respuesta reactiva de salida.

La verdadera resistencia debería ser colectiva. Mostrar entre todos que nuestras formas de hacer las cosas es tan buena como la de cualquiera. Estas formas de organización pueden ser de muchos tipos: organizaciones obreras a través de huelgas y sindicalismo o trabajos culturales o religiosos, entre otras. Siempre configurándose como relaciones de apoyo, donde se permita intercambiar fuerzas, sin volver a caer en relaciones de explotación y dominación a las que estamos resistiendo.

Los pueblos originarios y los mexicanos deberíamos sentirnos orgullosos de nuestra cultura, nuestras lenguas, nuestro aspecto físico, es decir, de nosotros mismos en la justa forma que somos. Hay que convencernos de que no hay bueno o malo. Aprender que no hay mejor o peor, que alguien no es superior por sobajar al otro. Que es posible convivir entre muchas formas de ser. Que hay muchos mundos posibles. Sin ser opuestos o antagónicos, sino sólo diferentes, siempre diversos.