Breve reflexión sobre el caso de la Sirenita (Disney)

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Reflexionemos sobre el live action de La Sirenita.

Quizá un amigo no se equivoque al decir que el trending topic normalmente es generado por los bots, pero lejos de esa afirmación –que por sí misma merece una reflexión aparte–, hay personas que afirman que perderse en un debate tan superficial como lo fue el de la Sirenita es parte de la estupidez humana.

Nadie debería discutir sobre el asunto, es cierto, pero se discutió. Por ello, me parece que el debate más que estúpido, es revelador: permite identificar síntomas de las personas que debatían, revela un modus vivendi acomodaticio incapaz de revisarse a sí mismo, una incapacidad verbal de asumirse como responsable de juicios que, a ojos de la opinión pública, serían automáticamente sinónimos de una mala persona –racista, clasista, misógina, machista, y una larga lista de adjetivos descalificados que exigen probar la pureza intencional de quien emite el juicio–.

Lo asombroso, me pareció, era que los defensores de la pureza animada eran capaces de elucidar un cuento de Andersen, pero incapaces de hallar detalles en una película infantil que por considerarla un clásico intocable, no ponían en tela de juicio nada acerca de ella.

The Little Mermaid – 1989

Algunos quejumbrosos se atrevían a argumentar una supuesta pureza mitológica de la Sirenasi era griega, escandinava, danesa, prima de Hércules, hija del hermano de Poseidón–. Dos cosas sobre ello: 1) el cuento de Andersen no respeta la mitología de la sirena, no tiene por qué hacerlo, una sirena no se enamora de un humano, simplemente canta y lo ahoga; 2) el clásico animado de Disney no es una réplica del cuento de Andersen donde no hay canciones tropicales ni un cangrejo con acento caribeño.

Hay que decir que un mito evoluciona y su grandeza no es quedar anquilosado a las memorias de viejas gloria de pueblos elegidos, sino la capacidad de dar información existencial a los que se acercan a ellos.

Un cuento evoluciona y es universal, porque muestra valores universales, por eso una niña puede identificarse con Elsa de Frozen sin necesidad de ser del mismo color de piel.

Además, nada cambia el clásico animado y nada impide que se renueve, aunque unos, absueltos en su pureza intencional, acusen de falsa inclusión lo que de suyo permite la inmersión de nuevos elementos narrativos y, muchos más humanizados, y sí, hay que humanizar al ser humano porque un día defiende la diversidadlove is lovey al siguiente insulta a diestra y siniestra, porque su princesa de Disney en live action es distinta a la versión animada.

Otros comprenden que el mito evoluciona, porque sin lugar a dudas aceptaron las renovaciones de La Bella y la Bestia o Aladdin y no dijeron nada ofensivo contra el live action de Mulán que no se parecerá en nada a su homólogo animado –¡pero es que cambiar a la Sirenita es como cambiar la etnia de Mulán!–. Evidentemente es estúpido cambiar la etnia de Mulán, si la cambias, cambias la historia; en el caso de la Sirenita no sucede lo mismo.

Mulan Live Action
Mulán – Disney

Por otro lado, los defensores de la pureza animada asumían la posición de aclarar con un “no somos racistas, simplemente no estamos de acuerdo”. Lo que supone, por supuesto, una defensa velada a ataques inexistentes sobre una oposición que, según ellos, los asumía como racistas.

Y, en su afán de separarse de los tan terribles racistas, utilizaban argumentos peliagudos y largos para maquillar un disgusto emocional con argumentos compartidos una y otra vez que más que dar una posición clara los convencían de que su disgusto tenía un sustento racional y justo y, además, común –algo así como el racista que cree tener razones para serlo–.

El pensamiento crítico aparece aquí como indispensable: hay que diseccionar las opiniones, dejar de juzgar sobre su supuesta superficialidad y darse cuenta que detrás de cualquier discusión siempre hay algo que no es superficial y si un individuo se juega la credibilidad por un dibujo animado, entonces debajo de aquel juego hay una actitud que debe ser criticada, analizada y, en su caso, modificada a través del propio análisis –no hablo de la deconstrucción que hoy se vende como terapia de grupo: deconstruye tu género, tu privilegio, tu machismo, (1) la deconstrucción no es una terapia; (2) después de la deconstrucción está la nada, y sobre la nada no se puede construir una nueva identidad individual–.

Pues a pesar de su discurso supuestamente no racista, los puristas no se dieron cuenta que el debate sí era sobre el color de piel de la Sirenita, porque alegaban un cambio radical, una mala inclusión, hubieran preferido un tinte de cabello falso a ver a su preciada sirena convertirse en afroamericana.

Los puristas más radicales citaban a Dinamarca como una nación de sirenas y, hasta donde puede comprobarse, la densidad poblacional danesa no incluye personas con aletas.

Asimismo, la nacionalidad de un creador no define la nacionalidad de sus creaciones –¿o acaso el sirenito es mexicano porque lo canta un mexicano? –. ¿Que es ese afán sino el de perpetuar un oscuro nacionalismo que sólo divide personas en nombre de un abstracto? “Yo soy aquí, tú eres de allá, no me toques, este pedazo de tierra nos convierte en seres distintos”.

Los nacionalismos ideologizan a las personas, los convierten en siervos de un imperio lingüístico que no tiene sustento real. Lo que un día es una disputa por la nación de un ser imaginario, al otro se convierte en la razón para decir: tú no puedes hacer esto porque no eres de aquí.

Contra todo esto, hay que mirar las discusiones de las redes sociales desde una autocrítica con consecuencias interiores y exteriores: ¿qué motivaciones hay detrás de mis palabras? ¿qué subyace, al margen del otro, al margen de los argumentos que copio de otro timeline? ¿cuál es la verdad que valoro tanto que estoy dispuesto a dar la vida por ella?

Imagínense si todo esto salió a rastras de un ser ficticio, ¿estamos listos para criticar temas como el feminismo, el aborto o los movimientos anti vacunas? ¿Estamos listos para desmenuzar las premisas de los argumentos que se reproducen en masa y que, por ello, se consideran buenos de entrada? ¿Estamos listos para no convertirnos en zombis ideológicos?

El pensamiento crítico no puede detenerse en aquello que nos agrada ni tampoco debe suspenderse por algo que nos desagrada, siempre debe avanzar en aras a mantener viva la mente humana para evitar cualquier ideologización y no repetir los horrores del siglo pasado. Criticar no es quejarse, es provocar quemaduras de tercer grado a cualquier argumento que se ostente como único y verdadero, es pinchar un globo cuando éste se infla de más. Criticar es mejorar al mundo.